“La recuperación del espacio público”
Publicado en suplemento Radar, del diario Página 12, edición 10 de Febrero de 2002.
“Al comentar los acontecimientos desencadenados en tres ciudades de Inglaterra por la noticia de que el pedófilo Sidney Cooke había sido liberado de la cárcel para regresar a su casa, Decca Aitkenhead, una periodista de The Guardian dotada de un sexto sentido sociológico, observó: “Si hay algo que garantiza hoy que la gente saldrá a la calle, son las murmuraciones acerca de la aparición de un pedófilo. La utilidad de esas protestas ha sido objeto de crecientes cuestionamientos. Lo que no nos hemos preguntado, sin embargo, es si esas protestas en realidad tienen algo que ver con los pedófilos”. Aitkenhead se centró en una de esas ciudades, donde encontró que la variada multitud de abuelas, adolescentes y mujeres de negocios que rara vez –o nunca– habían expresado algún deseo de participar en una acción pública ahora habían sitiado el destacamento de policía, sin estar siquiera seguras de que Cooke estuviera dentro del edificio. Su ignorancia acerca de los detalles del asunto solamente era superada por la determinación de hacer algo al respecto y de que lo que hicieran no pasara inadvertido.
Personas que jamás habían participado en una protesta pública decidieron acercarse al destacamento de policía, dispuestas a mantener su lugar todo el tiempo que hiciera falta. ¿Por qué? ¿Buscaban algo más, fuera del confinamiento de un enemigo público a quien nunca habían visto y cuyo paradero ni siquiera conocían con certeza? Aitkenhead tiene una respuesta para esa compleja pregunta. Es una respuesta convincente: “Esas mujeres han encontrado su causa, pero no están seguras de cuál es”. Lo que verdaderamente ofrecía el pedófilo Cooke era la rara oportunidad de odiar realmente a alguien, de manera audible y pública, y con absoluta impunidad. Planteaba una cuestión muy nítida entre el bien y el mal: un gesto en contra de Cooke definía que uno era decente. Quedan muy pocos grupos humanos que uno pueda odiar sin perder respetabilidad. Los pedófilos constituyen uno de ellos. “Finalmente he encontrado mi causa”, dijo la principal organizadora de la protesta, una mujer sin ninguna experiencia previa en escenas públicas. “Lo que probablemente haya encontrado”, comenta Aitkenhead, “no es su causa, sino una causa común: la sensación de una motivación colectiva”.
La manifestación tiene matices de demostración política, de ceremonia religiosa, de mitin sindical: todas esas experiencias grupales que solían definir la identidad de las personas y que ya no son accesibles. Por eso la gente se organizó espontáneamente en contra del pedófilo. Mañana, la causa será cualquier otra. Aitkenhead tiene razón: es improbable que haya escasez de nuevas causas y siempre habrá nichos vacíos en el cementerio de las viejas causas. La causa de Sidney Cooke era excelente para reunir a toda la gente que buscaba alguna salida para una angustia largamente acumulada. Por varias razones: 1) Cooke está catalogado y esa calificación lo convierte en un blanco tangible, lo extrae del conglomerado de miedos ambientales confiriéndole una realidad corporal que otros temores no poseen; es un objeto sólido que puede ser dominado, esposado, encerrado, neutralizado y hasta destruido, a diferencia de la mayoría de las amenazas, que tienden a ser desconcertantemente difusas, evasivas, invasoras, inidentificables; 2) por una feliz coincidencia, Cooke ha sido puesto en el lugar en que se cruzan las preocupaciones privadas y los temas públicos; su caso es como un crisol alquímico en el que el amor por los hijos –una experiencia cotidiana, rutinaria, pero privada– puede transustanciarse de manera milagrosa en un espectáculo público de solidaridad; y 3) la situación es un puente suficientemente ancho como para permitir que un grupo encuentre una vía de escape: cada evadido solitario se topa allí con otra gente que está huyendo de su propia prisión privada, y de este modo se crea una comunidad a partir del solo hecho de emplear la misma ruta de escape, que seguirá existiendo mientras haya pies que la recorran. Los políticos, personas que se supone operan profesionalmente dentro del espacio público, casi nunca están preparados para enfrentar esta invasión de intrusos (dentro del espacio público, cualquiera que no tenga el cargo adecuado, y que aparezca allí en una ocasión no preparada ni calculada y sin ser invitado es, por definición, un intruso). En aquella ciudad de Inglaterra, los sitiadores exigieron una reunión con su MP (Miembro del Parlamento). Éste se negó a otorgarles la legitimación que pretendían. Comparó a los atacantes de Cooke con las “turbas de linchamiento” y se resistió a todas las presiones, incluso a poner el sello de “tema público” al asunto. Una de las líderes de la protesta declaró entonces: “Lo que debemos hacer ahora es relacionarnos con otras campañas de protesta. Hay muchas voces pequeñas en muchas zonas del país. Si logramos que nuestra voz sea más grande, podríamos avanzar más rápido”. Esas palabras insinúan la intención de perpetuarse en el espacio público, de reclamar una voz permanente en cuanto a la manera en que se administra ese espacio. Deben haber resultado ominosas para cualquier político a cargo del espacio público, aunque cualquier político maduro sabe muy bien que fusionar campañas y sumar pequeñas voces no es algo fácil de lograr ni con grandes posibilidades de concreción: ni las voces pequeñas (privadas) ni las campañas (locales, de tema único) se suman con facilidad. El problema político se limitaba a demostrar que los administradores del espacio público se toman en serio las pequeñas voces; eso significa que están dispuestos a adoptar medidas que hagan innecesario que esas pequeñas voces resuenen. Seguramente por esa razón, el secretario de Interior del gobierno dijo entonces: “Es vital que la gente no tome la ley en sus propias manos” (trayendo así a la memoria que la ley únicamente debe ser aplicada por manos elegidas). Y reforzó su declaración agregando: “Se tomarán medidas para mantener indefinidamente tras las rejas a los criminales peligrosos”. La líder de las protestas se limitó a comentar: “Espero que la gente tenga buena memoria cuando lleguen las elecciones”.
Las penurias y los sufrimientos contemporáneos están fragmentados, dispersos y esparcidos, y también lo está el disenso que ellos producen. La dispersión de ese disenso, la dificultad de condensarlo y anclarlo en una causa común y de dirigirlo hacia un culpable común sólo empeora el dolor. El mundo contemporáneo es un container lleno hasta el borde del miedo y la desesperación flotantes, que buscan desesperadamente una salida. La vida está sobresaturada de aprensiones oscuras y premoniciones siniestras, aun más aterradoras por sus contornos difusos y sus raíces ocultas. Por eso, una mota de polvo –Sidney Cooke, por ejemplo– es suficiente para provocar una violenta condensación. Y repito: mañana, la causa podrá ser cualquier otra.”
Una encuesta conocida esta semana dice que más del 60 por ciento de los participantes de los cacerolazos no tiene plata en el corralito ni tampoco está afectado por los préstamos. Radar ofrece una posible interpretación sobre qué pasa cuando los espacios públicos, que parecían vacíos, se llenan de ciudadanos deseosos de debatir sobre los valores y leyes que los guían. El texto de Bauman, uno de los más lúcidos y originales pensadores de nuestro tiempo, pertenece al libro En busca de la política, editado en estos días por Fondo de Cultura Económica en nuestro país.
[Tomado de http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/6-83-2002-02-10.html]